
Uno suele pensar que en su país, todo funciona fatal y que el resto del mundo funciona de puta madre, hasta que le toca a uno ir a la puerta de atras.
Son las 5:30 de la mañana, jamás me había despertado tan temprano desde mi llegada a Bilbao, hace poco mas de tres meses, medio dormida me visto, me pongo guantes, bufanda, gorro, dos pares de calcetines, chamarra de nieve y lo más importante de mi atuendo y que no puede faltar, el paraguas.
Salgo de casa con el tiempo justo para llegar a las seis de la mañana, momento en el que abre el metro, yo pensaba que no habría nadie por las calles, pero al entrar a la estación del metro, descubro rostros tan dormidos como el mio, solo tres paradas de metro y llego a Indautxu, salgo de la estación miro el reloj 6:10, el termómetro marca los 3 C, camino bajo la lluvia y llego a la Estación de Policia de Bilbao y ya hay personas formadas unos diez individuos con paraguas esperan pacientemente y en silencio, bajo la lluvia característica de Bilbao. Me pongo a la fila, soy de las pocas personas que espera sola, contemplo los rostros, todos somos de una forma o de otra inmigrantes y nuestro fìsico nos delata.
Conforme avanza el tiempo, en la fila la impaciencia avanza y se escuchan distintos idiomas y las voces se confunde con el ruido de la lluvia.







